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Concluía el otoño de 2014 cuando el recién estrenado nuevo equipo de la Comisión, con Jean-Claude Juncker a la cabeza y su vicepresidente, Frans Timmermans, a su lado, decidieron cargarse el paquete de economía circular presentado por el comisario Janez Potocnik, el mes de julio anterior. Sorprendería que tan altas instancias no tuvieran mejor cosa que hacer que forzar la retirada del proyecto en contra de lo manifestado por casi todo el Parlamento Europeo, muchos miembros —España incluido— del Consejo y casi todos los stakeholders europeos. El propio Frans Timmermans hizo casus belli de este tema y se fajó en todos los foros e instituciones para asegurarse que dichas oposiciones no se convirtieran en un veto a sus intenciones. Argumentaba, en aquellos días, que la retirada era para presentar a lo largo de este año un nuevo paquete mucho más ambicioso. Se confirmó en ese tiempo que Frans Timmermans estaba para recados, pero no para polinomios.

No obstante su diabólico plan estuvo a punto de naufragar en el Parlamento Europeo, que tenía que aprobar aquella retirada. La inmensa mayoría de los diputados se manifestaron contrarios durante un Pleno. Pero llegado el momento de convertir la oposición verbal en una moción, sólo los grupos Socialista y Liberal de la Eurocámara presentaron una conjunta contraria a la retirada. La votación fue un fiasco, ya que el Grupo Popular no la votó, lo cual era lógico porque la propuesta de la retirada provenía de sus líderes; aunque tampoco lo hicieron los grupos outsiders que se desmarcaron de la moción porque no les parecía suficientemente “roja”. Es lo que tiene pasarse el tiempo asaltando los cielos, que los terrícolas a pie de calle palman todas las votaciones y ganan los de siempre.

En estas tribulaciones estábamos cuando la Comisión, por boca de Frans Timmermans o del Comisario Karmenu Vella o de algún otro enterado, empezaba a transmitir señales de que iba a ser verdad que se presentaría un nuevo paquete en el mes de diciembre. Y así llegamos al 2 de diciembre, a las 12.30 de la mañana, cuando se produjo el feliz alumbramiento.

El nuevo paquete consta de una Comunicación que incorpora un Plan de Acción junto a una primera propuesta de modificación de las Directivas relativas a los residuos, los envases, los vertederos, las pilas, y los aparatos eléctricos y electrónicos.

En cuanto a la Comunicación se dice todo lo que ya sabíamos aunque intentan estructurarlo en un área de producción, otra de consumo y otra de residuos. No está mal porque puede resultar pedagógico. Así, cuestiones como el ecodiseño, la durabilidad, la reparabilidad, la reciclabilidad, la obsolescencia programada, el reempleo, la reparación, la prevención en la generación de residuos, la reutilización, el reciclado, la valorización y el vertido cero, junto a otros conceptos como el de la simbiosis industrial o la economía de la funcionalidad desfilan por el texto. El problema es que no se dice qué hay que hacer en ninguno de los casos. Según el Plan de Acción hay una ingente lista de tareas que distintos departamentos de la Comisión pretenden afrontar en los próximos años.  Por eso el juicio que merece todo esto es imposible de realizar hoy, porque dependerá de cómo se desarrolle cada una de las tareas. Sin embargo, parece poco serio que se nos presenten con un papelín que en el fondo dice que no hemos hecho nada pero que dentro de 2 o 3 años vamos a ponernos a currar. Es una curiosa modalidad de vender humo. El hecho de que se convoque a participar a departamentos como Industria, Comercio, Energía, Cambio climático, etc., es una buena cosa pero se corre el riesgo de que se pierda la unidad de acción y de que cada uno “barra para casa”, desvirtuando el objetivo último; pero, en fin, habrá que ver qué sale de todo esto. De momento soy muy escéptico.

En cuanto a los residuos y la propuesta de modificación de Directivas, se me ocurre una reflexión inicial. Hace más de 15 años participé en un grupo de teóricos que reclamábamos a la Comisión, en el marco de la better regulation, un Acta Única en materia de residuos. Es decir, que todas las Directivas sobre residuos estuvieran juntas dentro de un único texto legal o “Superdirectiva”, de manera que todo el mundo pudiera rápidamente conocer todo lo legislado, sin volverse loco buscando aquí y allá —algo similar al vigente Código Medioambiental de Francia—. Les debió causar una gran impresión porque ahora nos mandan un teórico gran cambio que para entenderlo hay que poner encima de la mesa media docena de Directivas junto al manual de cambios que nos propone. Digo yo, que hubiera sido más fácil escribir de nuevo una Directiva comprensible incluso para los más tarugos.

Claro que esto me recuerda al procedimiento que vimos cuando se discutió y aprobó nuestra última Ley de Residuos. Había una gran expectación en el sector y nos juntamos en mi oficina un nutrido grupo de nuestros “clásicos” para seguir en directo la sesión ofrecida desde la web del Congreso. Estábamos esperando un gran debate sobre los temas más conflictivos cuando resultó que la discusión de enmiendas se hacía votando paquetes de ellas a las que se citaba únicamente por su número. Sus señorías disponían de un documento en donde se enumeraban las tropecientas enmiendas presentadas, pero el público no disponía de dicho documento. Entonces salía una señora del PP y decía que al paquete que contenía el número 1, el 3, el 27…, el 748, el 842, vamos a votar que no. Luego la presidenta de la Comisión decía votos a favor, votos en contra, abstenciones, queda rechazado y salía la misma diputada del PP que decía pues el paquete siguiente tampoco. Votación. Rechazado. Luego salía una del PSOE que proponía transacionar otras enmiendas. Salía la señora del PP y decía que no. La gran esperanza blanca era el diputado de CiU que traía unas enmiendas que parecía que podían prosperar, pero resultó que no estaba en la sala porque se había incendiado la máquina de su AVE en Tarragona y se había quedado tirado. Otra señora de CiU dijo que ella no podía defender las enmiendas y entonces decayeron. Total, que mucho antes de que se acabaran los panchitos, se acabó la votación y nos quedamos todos con cara de huevo frito. Que me perdone Teresa Martínez por citarla, pero recuerdo cómo antes de conectar con el Congreso nos dijo que sabía de fuente de toda solvencia que las enmiendas se discutían una a una…

Pero, en fin,… Lo mollar de la reforma son los nuevos objetivos que se pueden sintetizar en que en 2030 al menos el 65% de los residuos municipales deberán ser reciclados y sólo podrán ser vertidos rechazos de procesos de reciclado y valorización que no superen el 10% del total de residuos municipales. Me quedé muy preocupado porque pareció que mi flamante mente ingenieril había sufrido algún desajuste. El amigo Timmermans había justificado el “paqueticidio” del 14 porque iba a presentar uno más ambicioso. Y así nos lo había recordado en todas las apariciones hechas en los últimos meses. Incluso insisten en ello en la nota de prensa que publicaron el 2 de diciembre.

Como soy un hombre de recursos recurrí a los mayores expertos en cuestión de más y menos. Sí, señores, contacté con Epi y Blas y les pregunté: ¿el 65% de reciclado es más o menos ambicioso que el 70%? Me contestaron: menos, menos. Y ¿el 5% es más o menos ambicioso que el 10%? Me aseguraron: menos, menos. En definitiva, si hacemos caso de estos expertos los objetivos que presenta la Comisión en 2014 son menos ambiciosos que los de 2014, justo lo contrario de lo que jura y perjura el amigo Frans Timmermans. (Va a resultar que es un poco mentirosete. Pillín, pillín).

A pesar de esto, los objetivos que presentan son muy ambiciosos, aunque menos que los de antes. Además me parece espectacular que pongan por escrito la composición del pelotón de los torpes que van a tener una moratoria para cumplir dichos objetivos. Y citan a una serie de países por su nombre, lo cual les llenará de felicidad. Y no, no estamos nosotros.

No me resisto a hacer un último comentario maligno. En el mes de mayo coordinamos un Manifiesto por el vertido cero de residuos reciclables y valorizables al que se adhirieron una veintena de entidades de todo tipo. Todo lo que reclama aquel manifiesto aparece literalmente impreso tanto en la Comunicación sobre la economía circular como en las modificaciones de las Directivas. Hubo algunos que no lo firmaron y que les hubiera gustado hacerlo; otros, sin embargo, se opusieron radicalmente. ¿Y ahora qué? ¿No lo veíais venir?

En fin, que tras la espera llegó la decepción, como suele pasar en las corridas de toros de postín. El paquete está vacío y sólo está lleno de nuevas promesas, y en lo que se refiere a las reformas de las Directivas es lo mismo que hace un año, pero descafeinado. Entonces muchos nos preguntábamos si no hubiera sido más sencillo y menos traumático haber enmendado el paquete anterior en vez de haberlo retirado. Cualquier tipo un poco espabilado que trabaje a las órdenes del amigo Frans lo podía haber hecho en poco más de media hora. Al final, tanta historia para tan poco. Parafraseando a Cervantes, Frans Timmermans miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

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